Crónicas romanas IX: Erotismo en Roma desde la experiencia personal. ¡Uf!

Un escritor se debe a sus lectores. La genialidad de la palabra es desnudar al autor y que el lector acabe haciendo lo mismo. Voy a contar todo, porque de otra manera no podemos hacer que la escritura sea palabra desnuda.

En Roma…¡ Pillines y pillinas!: En Roma eso que tanto os atrae es como en todos los lugares del mundo. Nada hay más igual y que, sin embargo, capte tanto la atención, así es que lee las crónicas anteriores que dicen mucho, con ironía unas veces, con pensamiento surrealista otras, con metáforas y sentimiento en ocasiones, y disfruta de su lectura. Lectoras, lectores no seáis tan curiosines, o sedlo, ni os entrometáis en la vida de los demás, ¡así por las buenas! Haced lo que queráis, pero ya sabéis que la curiosidad mató al gato. Espero que con este escrito sea de risa.

También decir que en ars amandi , la amatoria, hay lo excepcional digno de contar, pero ¿No pensarías que iba a hacer un desnudo integral, ni a contar intimidades? No perdamos el arte en lo banal. Y mi homenaje a la maja de Goya, a las dos.

Por cierto lo de “la palabra desnuda” es cierto, es así. Los ropajes destruyen lo escrito. Pero no confundamos el vino con la vasija ni, como se suele decir, el culo con las témporas ni la velocidad con el tocino.

Y FIN de las cónicas romanas. Ha sido un placer.

Crónica romana I: Luces.

Crónica romana II: Sombras.

Crónica romana III: El idioma.

Crónica IV: La belleza italiana.

Crónica romana V: El ser italiano

Crónica romana VI: El alma italiana.

Crónica romana VII: El alma española, la hidalguía.

Crónica romana VIII: Dos experiencias en Roma

Crónica romana VIII: Dos experiencias en Roma

Sé que he teorizado mucho con respecto a las notas que fui tomando a medida que caminé por Roma. Pienso que es una visión interior de un viaje a una ciudad que pudo ser cualquier otra. En esta nueva crónica, la penúltima, cuento dos experiencias prácticas que resumen a modo de experiencia empírica lo que os he contado. Quien tenga ojos para leer que lea.

La primera fue en un paso de cebra, que ya conté no se respetan, se lo saltan los conductores con el agravante de circular a una velocidad enorme. Mostré mi indignación, pero sobre todo de que nadie hiciera nada. Lo comentaba: “È un peccato. ¿Nessuno fa niente?” (Es una vergüenza, ¿nadie hace nada?) – “Non succede nulla, é cosi”. (No pasa nada, es así.)

¿Cómo que es así?, ¡hay que hacer algo! Harto, decidí plantarme en medio de un paso de cebra. ¡Ya está bien! Quien vino conmigo se fue, dijo que no quería verme hacer el ridículo. No hubo nadie para defender. Fue un acto, que luego vi, de hidalguía, como lo que describí en mi crónica anterior. Reconozco que tuve que haber llevado una cartulina con la palabra ¡bien grande! “RESPETO” y dibujado un paso de cebra. Pero no tuve tiempo y fue una acción repentina, que aún sigo considerando necesaria.

Salté al ruedo (nunca mejor dicho, pero no sé si romano o taurino) me planté en medio del paso de peatones gritando repetidamente la palabra “rispettare, rispettare” y con mi italiano macarrónico expresé que es un peccato. Los conductores de motos pasaban a mi lado más veloces que nunca, pero los de los coches pararon, pudieron ir por un lado, pero son italianos y se pusieron a gritar y gesticular: Stupido; ¡testa di cazzo!, andare anormale, y exabruptos por el estilo. Yo gestuculé igualmente manifestando que no, no se puede pasar a lo loco, “tuo padre sará pazzo”. Aguanté la embestida. Puse la mano en el cinto mientras que sonaban los claxon de los automóviles, los gritos no paron.

Me percato al escribir que al agarrarme al cinto fuwe una resonancia al alma española, de agarrar la empuñadura de la espada. El italiano no paraba de chillar, gesticular, pero no me tocaron debo decir, ni empujar ni nada. Ni eso tan español de “ti do un ospite”. Un grigay, hasta que llegó un coche de la Policía Romana. Bajaron los dos agentes: “cosa c’è che non va in lui”, ¿qué le pasa?, ¿qué hace usted? Le expliqué como pude la situación, mi hartura de que los coches no paren ante una señal que así lo indica para que pasen los viandantes. “Questa é Italia”, me dijeron: “E questo è un passaggio pedonale!!!” (¡Y esto un paso de peatones!) gesticularon indicando que me fuera, que siguiera mi camino y dejase en paz a la ciudad. La verdad es que el atasco fue mayúsculo.

Llegó una furgoneta de carabineros que salieron, seis de ellos. Me extrañó que no me amenazasen con poner una multa ni que me cogieran para echarme. El jefe con su bigotillo típico sonrió. ¡Sí!, puso cara agradable: “Questa é una cosa de secolli”, ¿Una cosa de siglos? ¿y qué?. “Sei espagnolo”, dijo sin quitar la sonrisa del rostro, como los otros que le acompañaron. ¡Soy europeo!, dije con cierto orgullo y evitar caer en una trampa dialéctica. La gente siguió gritando alborotada Invitado educadamente a irme, lo hice.

De vuelta a casa realicé un escrito para enviar al Parlamento Europeo indicando la necesidad de incidir en la educación vial en la escuela, junto a campañas de los medios de comunicación para concienciar sobre circular adecuadamente. Imprimí el documento. Mientras que fui a Correos a certificar la carta pensé que de hacerme caso perderían su italianidad. Actué como un auténtico hidalgo, pagué el sello y me fui sin dejar el sobre allá, lo rompí y tiré a la papelera.

La segunda experiencia fue estando en la plaza Navona, preciosa y muy ambientada. Llegué después de una caminata. Estuve cansado. Me descalcé. Miré los espectáculos que concurrieron aquel día: Estatuas humanas, malabaristas, un par de chicos haciendo acrobacias, Charlot paseando y gesticulando a los viandantes, una cantante de ópera, una señora mayor muy requetepintada bailando como Ginga (Ginger Togers) siguiendo la música que salía desde un aparato viejo de sonido carrasposo. Una nube de voces y griterío envolvía aquel ambiente rodeado de las terrazas de lujosos restaurantes.

Me extrañó que entre tanto espectáculo callejero la gente me mirase estando yo sentado en un banco de piedra. Las fuentes forman parte de ese paisaje urbano, pero ¿yo? Al cabo de un rato aparecieron dos policías de la ciudad de Roma parecieron parte del espectáculo: mancanza di rispetto, dijero. Sacó su porra del cinto. “Yo no falto el respeto, acaricio el suelo de Italia”. Uno de los compañeros suyo tradujo: “Non manca di rrispetto, accatezzo il pavimento dell’Italia”. Cuatro carabineris se acercaron. Muchas personas, de todas las nacionalidades comenzaron a amogollonarse y se aglutinaron en torno al donde estaba. Uno gritó: ¡Mettiti!!. “No” fue mi respuesta. ¿Por qué?, no lo sé. Me salió. Estaba agotado. Reinó el silencio. Otro usó un teléfono móvil. Vigilaron para que no me moviera. No tuve escapatoria. Llegaron dos camiones del ejército ¡italiano!. ¿Queréis perder otra batalla?, pensé. Otra más. Me rodearon. El silencio de las gentes de la plaza, a rebosar, fue sepulcral.

¿El siguiente paso cuál será? Quedé desconcertado, sí. Pero me mantuve en mis treces. Empezó a ser una cuestión de honor. No me cogieron para apresarme, nada. Los testigos de aquello: expectantes.

Los soldados hicieron dos filas paralelas. Los policías abrieron paso. Empecé a preocuparme. La cosa iba en serio. Al fondo de la plaza apareció Matteo Salvini. Sí, sin lugar a dudas. Ya no pude rendirme. Tampoco soy un mártir. Debía de aguantar. Resistencia. Me levanté y me puse en pie sobre el banco de piedra, sin respaldo. Un acto de ¡aquí os espero! Varios brutos acompañaron a Salvini. Muchas personas testigos de lo que sucedía quedaron descalzos. Los bestias salvínicos hicieron visibles sus nunchakos, bates de beisbol, puñis americanos. Y sus bíceps de gimnasio. Una señora, signora, clamó “Viva la revolución de los pies descalzo! Los salvinis tenían que actuar, que cortar por lo sano antes de que se les fuera de las manos. ¡Resistiremos!, fue el grito unánime. ¡Noi resistiremo! Empezaron a avanzar. La gente levantó los brazos con un zapato en la mano. Comenzamos a cantar la balada de Labordeta: “habrá un día en que todos al levantar la vista veremos una tierra que ponga…. Corrieron hacia nosotros los armados de palos y rabia, con ira.

Mi hija pequeña e golpeó el hombro derecho: “Papá despierta, tenemos que volver al hostel”.

Crónica romana I: Luces.

Crónica romana II: Sombras.

Crónica romana III: El idioma.

Crónica IV: La belleza italiana.

Crónica romana V: El ser italiano

Crónica romana VI: El alma italiana.

Crónica romana VII: El alma española, la hidalguía.

Crónica romana VII: El alma española, la hidalguía

España no existe, por eso carece de alma. Sin embargo flota un alma colectiva que se nota, se siente (y se añade a este decir “España está presente”.) Y encima ese alma de lo inexistente pulula el alma de las almas del mundo. Es el alma gemela de Italia, pero ¿si no existe?

He de decir que descubrí el alma “española”, de momento digámoslo así para entendernos, paseando por Roma. Fue al descubrir el alma italiana (anterior “Crónica romana VI”) cuando percibí la española, hecha de nada, pero a través de esa transparencia intuí su alma real, la de verdad, la que es, lo real de ese pueblo / tribu / sociedad que llamamos “España”: Es la hidalguía. Ser hijodalgo o hijadalgo, porque el alma no tiene sexo, simplemente es.

La mujer española es hidalga de por sí, ama por nada y para nada… Por eso son poetas como en ningún otro lugar del mundo. Igual los poetas. Los demás países, naciones, lugares del mundo podrán tener autores de millones de versos, a los hidalgos les basta uno para ser su poesía por excelencia sin más. Por eso abundan en las calles y no sólo en las bibliotecas. No es patrioterismo, más cuando niego la patria de antemano, pero es la hidalguía la que ha dado la poesía al mundo, todo el resto de culturas de todos los tiempos no han creado tanta belleza con la palabra como nuestra sociedad a lo largo de toda su Historia. Italia lo ha hecho igualmente con sus formas de esculturas y los cuadros de sus pintores. Nada en demérito de los demás escritores o artistas de otras partes del globo terráqueo, que son geniales, buenísimos, profundos, sentimentales, pero esa chispa invisible se tiene o no y es dada por la hidalguía.

Es el único país, al que se llama “España”, que no existe como tal, pero sí su imagen estereotipada, que por más que se quiere borrar desde la razón y desde el progreso no se logra: la del torero y la flamenca. Algo acerca de esto dijo el canciller alemán Oto von Bismarck: “¡Qué suerte tiene España!, treinta millones de españoles que la quieren destruir ¡y nunca lo consiguen!” De igual manera no logran borrar su alma, por más que lo intentan, porque no la conocen, no saben que late en cada hidalgo adormilado. Desde ahora seremos alma, pues lo sabemos con este descubrimiento, pero sin pasarnos, o sea, habrá que dosificar nuestros deseos de aventuras y desventuras.

Y es que ¿para qué sirve torear? Para nada. Puede gustar o no, entretener, o considerar que sea un arte o un crimen, pero para matar a un toro con un tiro o electrocutados es suficiente, no hace falta tanto rollo, tanto capotazo ni tanto olé. ¡Pero! Es un acto de hidalguía al natural. Como diría mi abuelo Luis, taurino de pro, “torear es aquello que no es todo lo demás”. Quien no lo entiende verá que lo que hace el torero es una chulería y quien lo razona lo interpreta como un crimen, un vil asesinato a un animal indefenso.

En una tertulia convocada por el profesor de la Escuela de formación agraria en Gradefes, cerrada por los poderes fácticos en los años 80, Leoncio Álvarez, en la que participé (como antitaurino y no creyente) con un jesuita, Eutimio Martino y el torero Andrés Vázquez, éste contó que torear es un acto místico, que él habla con el toro y cuando va a entrar a matar le dice “o tú o yo”. Apodado el “torero samurai” han hecho una película sobre él muy interesante, gusten o no los toros: “Sobrenatural”.

La escena de la novela “Don Quijote” de Miguel de Cervantes que más me impacta es en la que hace de leonero, torero de un león, el cual asusta a todos menos al ingenioso hidalgo. Se acerca a la fiera y cuando sale el rey de la selva se queda, se planta frente a frente. Para nada, por hidalguía, para mostrar su valor hidalgo. No es una locura, sino una muestra de quién es y con él los demás de su tribu.

El baile flamenco canta la hidalguía y le da forma artística, algo sin igual, con su cante jondo, es decir hondo, desde el sentimiento. Es en su singularidad un canto inútil, por eso es arte y lo es desde las profundidades del ser humano. Otras almas sufren el amor, otras hacen salir la pasión o lo dramatizan en el teatro y en la vida, pero cantarlo en el idioma nativo de sentir sólo la hidalguía lo consigue. No es una queja, como se suele interpretar, sino el alma en voz. Y no es hacer de menos a nadie, pero lo profundo del alma expresado como tal sucede mediante las artes plásticas en Italia y con la palabra y el canto desde la hidalguía (España.) Las demás almas son geniales, curiosas, llenas de originalidad, bellas y hermosas, simpáticas. Cada cual la suya.

El renacimiento italiano fue el renacer de su alma, se modernizó a través del arte. En España lo artístico es el retazo, impresionante sí, pero lo que da ser a su expresión colectiva es su manera hidalga de existir. La hidalguía es el arte de ser. Si los himnos son el canto del espíritu de un pueblo o región, la letra del himno de León, que escribió mi tío abuelo Pepe Pinto, dice: “Tierra hidalga, tierra mía, / estrofas del romancero / desde Guzmán a don Suero / van tremolando el honor…”. Ramón y Cajal reivindica una “ciencia castiza”, o sea hidalga. Para descubrir la hidalguía, que este científico llama España, ve necesario intimar con nuestra alma de pueblo como única forma de salir de la ignorancia. Es decir, conocer aquello que llevamos dentro. O mejor: aquello que nos lleva.

Hasta tal punto que descubrir el alma italiana y gracias a ello el de España, la hidalguía, me ha permitido entender, ¡por fin!, la cuestión territorial. Y os cuento, caros lectores: No es un conflicto de convivencia, ni político. Miremos con el microscopio la Historia y la psicología de sus gentes, usemos el telescopio para ver el presente. Se trata de un choque de almas, la hidalga y la comercial. Y nos lo están diciendo las facciones de este enfrentamiento permanentemente, pero no lo sabemos traducir y se convierte en un diálogo de sordos y se extiende a ciegas en análisis, tertulias, comentarios en medios de comunicación.

El alma hidalga no dialoga ni negocia, sino que su razón es ¡porque sí! El alma mercantil enriquece a la nación en que habite y siempre busca negociar una solución. No recuerdo en qué conflicto durante la Edad Media los comerciantes aluden a las razones que les da el derecho histórico y la ley para defender sus planteamientos, ante un ejército castellano, de caballeros hijodalgos, cuyo capitán dice “Estas son nuestras razones” y señala cientos de cañones, más que el de los otros. Hoy se señala la constitución y la estabilidad y son más los que dicen “cuidadito” y además la hidalguía se ha extendido y ocupa buena parte del territorio de los mercaderes. No se trata de estereotipos, o sí, sino ver la realidad del alma. Al hidalgo no le hace falta entender nada, al negociante sí, ha de conocer a quien compra sus productos y a quién va a vender lo que fabrica o comercializa. La persona de comercio se vuelve “Torra” al no entender nada, al no haber salida frente a los hidalgos y hace disparates y quiere imitar a su contrincante sin serlo. Es un conflicto que no sirve para nada, por eso activa la hidalguía, por eso lo mantienen los que dicen defender la unidad de España, vencen en ese juego que no lleva a nada, pero ganarán los comerciantes cuando Europa sea un Estado, siendo la hidalguía, unida al alma y al arte italianos, aquello que contra sus mismas almas, lo conseguirán. Es lo que llaman los literatos el quijotismo. No olvidemos que don Quijote muere al volverse “cuerdo”. Los hidalgos se enfrentan a los problemas cuando son difíciles, aparentemente imposibles, deshacen entuertos, vencen los peligros sin resolver nada. Los italianos con su alma a cuestas desordenan todo. El comerciante lo calcula todo, insiste en llegar a un acuerdo, e insiste, insiste para ganar algo. Y se plantea: “Ya veremos el qué, pero algo”. ¡Menos mal que hay otros pueblos, otras gentes que son capaces de organizar el mundo!, a su manera claro. Y menos mal que para los ordenaditos existen los hidalgos y la belleza italiana. Los judíos, con su alma cabalística, administran el mundo, lo gestionan y mueven la economía mundial, los demás lo gastan o desordenan con guerras, corruptelas, negocios, follones, ideologías y demás. La globalización mezcla, embarulla unas almas con otras, pero siempre queda su esencia.

Fijaros en la diferencia entre el hidalgo don Quijote en la Mancha enamorado de Dulcinea del Toboso, la crea, la idealiza, da vueltas con sus aventuras para que su fama y no su mano llegue a ella, para nada, pero hace que todo gire en torno a él y le sigue su amigo Sancho. Spill, por contra, es un personaje que crea el escritor y médico, Jaume Roig, es un bandolero valenciano, que quiere ganar riquezas para él, que va a la guerra contra Inglaterra desde Francia para atesorar bienes, se casa varias veces sin encontrar la mujer adecuada calculando cómo tienen que ser. Al final este personaje renuncia a todo y se hace asceta y el autor se mete en la novela para hacer la pelota a su esposa. La supervivencia de ambas almas es enfrentarse permanentemente. ¡Eureka, Eureka!

Otro ejemplo: los comerciantes se han de unir para su supervivencia, aunque compitan deben defender sus rutas, los mercados, lo cual se refleja en las fiestas y trasmiten la imagen de cooperación con los castells, las torres humanas. El alma hidalga se manifiesta tranquila fuera de la aventura, cuando reposa, siendo su imagen social los corrillos en los pueblos de Castilla. En León los filandones, los calechos en Babia. esta es su fiesta, lo demás es para ellos un follón.

Y lo que cuento nadie mejor que Calderón de la Barca, castellano de pro y caballero de Santiago, en su obra “El alcalde de Zalamea” resume: «Al rey (los mercaderes) la hacienda y la vida se ha de dar, / pero el honor (la hidalguía) es patrimonio del alma, / y el alma sólo es de Dios…» Da lo mismo creer o no en Dios, el alma es el alma… aunque sea una neurona hecha de materia y energía. Posiblemente durante la prehistoria de la hidalguía se inventara el alma como ente y entelequia convertida en realidad, para poder salir al mundo. Y por eso los hijodalgos, al vivir desde el alma se enamoran, más que amar o que ligar, o que pretender. Por eso sus gentes son conquistadoras: de tierras y de corazones… Aunque hoy sea un alma dormida, que como el arpa del rincón oscuro de Gustavo Adolfo Bécquer: “¡Cuántas veces el genio / así duerme en el fondo del alma, / y una voz, como Lázaro, espera / que le diga: «¡Levántate y anda!».

Y toda alma necesita un cuerpo, como don Quijote necesitó a Sancho Panza. Por eso el alma española y la italiana se complementan, sin saberlo. Sucede en la quimera de lo histórico, en el arte, aun sin que sea a propósito.

Descubrí esto que cuento ante la Scala Santa, la escalera que se supone que subió Jesús de Nazaret para llegar al palacio de Poncio Pilatos. Sólo se puede subir de rodillas, quien lo haga a pie ha de ser en otra que está a un lateral. La han hecho los italianos porque es algo vivencial y bello para la narración religiosa. Pero la suben españoles y hispanoamericanos, especialmente. Y lo hacen con la cabeza alta, con sensación de algo glorioso y personal. ¿Para ganar el cielo? Los beatos sí, pero los hidalgo no, ¡para nada! Porque de otras naciones, de otras almas, como la polaca o portuguesa suben mujeres y hombres rezando y con la cerviz cabizbaja. Es otra manera de expresarse y de ser. Y no es sino un hecho más de otros muchos que impregnan la Historia, cada cual que ponga sus ejemplos. Pero cuando el hidalgo conquistador Diego Ordás, zamorano del pueblo Castroverde, sube al volcán al que nadie antes subió lo hizo por hidalguía. Y casualmente encontró azufre, decisivo para hacer pólvora y seguir guerreando. Hernán Cortés. Hidalgo extremeño , sube a los Cu con sus compañeros de armas e hidalguía lo hace igualmente por un impulso, y decide conquistar tierras desconocidas para avanzar, para llegar a no se sabe donde, pero como ese idioma del alma no se entiende lo justificó en coger oro, ofrecer tierras al Imperio y así fue, pero eso no es motivo para ir un ejército de trescientas personas si no es tras el sueño del Dorado gracias a la inspiración de las novelas de caballería, auténticos amadises de la Historia de la Humanidad. Fue una acción puramente hidalga, quijotesca, que luego instalados se hizo cuerpo y fueron Sancho Panza ávidos de la ínsula. Según Salvador de Madariaga Hernán, Cortés es el retrato del Quijote. Yo pienso que es al revés, el hidalgo caballero es el que refleja a Hernán Cortés y lo retrata y caricaturiza. Nadie puede entender con los ojos de la materia y la ciencia, con la mente del cálculo aquella gesta y por eso se desprecia y denigra. Dieron lugar al mestizaje, enamorados de mujeres naturales, si bien con abusos y la fuerza algunos desalmados, no fue la norma y así lo cuentan los cronistas. Amaron como sólo desde el alma se puede hacer. El oro fue la excusa, la cruz su bandera, la fama al expandir su hidalguía fue su razón de ser y de hacer lo que hicieron.

Los italianos han creado el mundo tal como lo conocemos, han viajado por él desde Colón a Marco Polo, siendo los hidalgos quienes lo han conquistado, sin quedarse luego con nada, ni siquiera se ha quedado España consigo misma, queda su ser, su hidalguía, su abstracción. Esta es nuestra patria, para bien y para mal, la única del mundo que carece de localización aunque se dibuje en el mapa, porque el suelo español es el que está en la patria de lo hidalgo y no al revés como las demás naciones que son las naciones o países, o regiones, de las almas de sus pueblos.

Dos almas genuinas quedan en el mundo, una en Italia a través de la iglesia romana (donde se recicla el alma imperio invictus de Roma) y otra en España, o mejor dicho en la hidalguía, cuyo símbolo sin par es el valeroso don Quijote de la Mancha.

Crónica romana I: Luces.

Crónica romana II: Sombras.

Crónica romana III: El idioma.

Crónica IV: La belleza italiana.

Crónica romana V: El ser italiano

Crónica romana VI: El alma italiana.

Crónica romana VI: El alma italiana

Me congratula leer a Ortega y Gasset refiriéndose en su escrito “Epílogo para ingleses” (1928), referencias genéricas que tienen sustancia de tipo psicológico y social: “No hay pueblo que mirado desde otro no resulte insoportable”. Así como que las virtudes de cada uno de ellos van montadas sobre sus defectos, afirma nuestro filósofo.

Estar en Roma me llenó de sensaciones. Percibí ¿el alma italiana?, pero ¿qué es eso del alma? Y más referido a un pueblo / tribu / nación. Es más que una manera de ser, de lo que ya hablamos. Decir que se refiere a la parte inmaterial es no decir nada porque a nada se señala. ¿Por qué me surgió tal pregunta? ¿a qué se debió semejante sensación?

Las cosas no son sino en relación con algo, siendo tal relación lo que hace que sea eso que es, a veces las cosas son meras palabras. Pero fueron mis preguntas, mis reflexiones a partir de experiencias concretas las que me han llevado a pensar sobre este asunto. También las cosas son lo que son sus respectivas historias por las cuales son lo que son, por las cuales aparecen, pero ese impulso que provoca los hechos, que provoca las acciones históricas y cotidianas son una fuerza, un ánima, que podemos referirnos como alma. El ser es lo que acontece como resultado de ese impulso, que no lo da la conciencia, ni siquiera el inconsciente sino que es per se, es el alma, el ánima vital.

Me llamó la atención que en muchas iglesias de Roma las velas son de cera, se huele el humo y es posible ver las llamitas de fuego. Esto es un algo, algo que se respira, se palpa con la vista, dice mucho del lugar, cuando en todas partes y algunas iglesias de allá las velas son bombillitas. Al mismo tiempo abundan talleres de tapicerías y barberías clásicas donde el peluquero habla y durante la espera se hacen tertulias, no se escucha la hora por la radio ni hay música de fondo. Muchos clientes aún solicitan que les arreglen el bigote.

Italia es lo que queda del Imperio romano, lo cual hace que sea un país diferente a todos los demás. ¿Cómo es posible ese desequilibrio entre el pasado imperial y el presente decadente? Es algo invisible, es alma, que hizo que se crease un imperio inmenso, cuasi perfecto hasta el punto de permanecer hoy en día en todo el orbe el derecho romano, en una gran parte del mundo su lengua con los dialectos del latín, también fundamentos del conocimiento técnico, permanecen edificios e infraestructuras de aquellos siglos de gloria y las ruinas como huella de todo aquello. Una vocación de eternidad. Sus gentes crearon tal imperio para forjar su alma, para hacer que saliera a la realidad con la intención de decaer luego desde lo más alto. Puede parecer incomprensible, pero a poco que se medite en tal proceso histórico se puede comprender. Su refugio fue la iglesia romana, universal (católica) y apostólica.

El destino romano fue su decadencia, lo mismo que el de España, el otro pueblo – tribu – país, con alma. Éste se forjó en la lucha de constante resistencia, de conquistas para nada, lo que forjó su hidalguía, o más bien la manifestó. Lo cual hace que sucedan de manera perpetua luchas intestinas vacías, sin sentido, cargadas de simbología o banderas sin contenido alguno. En la próxima crónica escribiré del alma española, como reflejo del alma italiano que descubrí al reflexionar sobre éste. Al mirar a Italia percibí lo invisible de España, con lo cual ¡oh, sorpresa!

Ambas almas, la italiana y la española, se mezclan en el mundo que tomó su nuevo alma de Italia, como prolongación: la iglesia universal. De donde surge y hace que aparezca el alma hispana. No es que se cree en esta nebulosa de fe, sino que se manifiesta en el esplendor de los incensarios. Llevó el latín a medio mundo y se enfrentó al otro medio y a sí mismo este país España que no existe. Y la lucha hoy es entre el mundo con alma contra el que no la tiene, lo cual es la clave de lo que está pasando y de los estragos de la historia con los totalitarismos que han querido matar el alma incipiente o aletargada de los pueblos.

Un imperio el romano apostólico siempre está a punto de caer, como el mundo capitalista, pero no lo hace, se recicla, se reconvierte, agiornamento, se adapta, se resucita, por eso creen en la resurrección, la suya permanente que refleja en su Dios hecho hombre y a la vez en la inmortalidad del reino de los cielos. Abrir los ojos en Roma es ver todo esto que cuento. Todo lo demás es turismo o cotidianidad.

El imperio del capital es pragmático, sin alma, o mediante un impulso tangible contrario al alma: el dinero. La modernidad fuera de Italia y de España carece de alma y de cultura, solamente construye herramientas para sí. No es para ser, como el italiano o el español, sino para estar, colonizar, aprovecharse, sin trasmitir nada. La tecnología es la expresión máxima de ese mundo desalmado, mecánico y metálico al mismo tiempo. Se hubiera hundido en sí mismo de no ser que fue impulsado, almíficado, en su origen por el alma comercial italiana de los Medicis. El capitalismo como expansión del comercio comenzó en Italia, en la Florencia con los Medicis, el alma romana fue aplicada al comercio, se planteó fuera de sí, por eso salió de su tierra originaria. Fueron un arte el comercio y la economía que se fundieron con las artes nobles de la música, pintura, escultura y el renacer de la escritura como algo social.

Hoy hay un pulso para que el arte se economice, se conviertan las obras de los artistas en mercancía, porque el ser del capital es pragmático, estratégico, es un imperio sin alma, sin prestancia, no construye sino herramientas para sí, no es para nada más, para nada más de sí mismo. En el caso español su alma es mostrarse al mundo, lo mismo que el italiano busca inventarse.

Poca gente sabe que el Tesoro Público de EE.UU y el del Estado italiano son privados. Únicamente ambos en todo el mundo. ¿Casualidad?

El alma carece de fronteras, de ahí su expansionismo, su desbordarse en la Historia por el mundo. Pero el afán colonizador es un proceso despiadado, no por ser más o menos a través de guerras, que en el alma también haylas, sino que es la inercia de acaparar cuotas de mercado o de tierras con riquezas. Un alma sin cuerpo no es alma, por eso sale de su suelo patrio. Si bien otros pueblos / tribus / naciones tienen Historia, arte, cultura, riquezas, filosofía, tradición, todo lo que se pueda tener, pero no ser, no ser alma, lo cual es patrimonio de Italia y España. Lo digo sin mostrar orgullo ni patrioterismo. Se trata de una realidad invisible que hay que sentir, dejar que traspase el pensamiento al contemplar la ciudad de Roma.

Las células de ese alma intangible son sus gentes, esa manera de ser que hemos visto anteriormente, más allá de lo geográfico y material, por eso es alma, lo que hace que Roma sea Roma y por su onda expansiva da ser a Italia. Eso lo que vemos en los monumentos, en su historia, eso que nos conmueve es el alma que no vemos y buscamos fijarlo en un punto de la mirada, es su grandiosidad pasada cuando se hace presente, pero no lo sabemos, pues no nos planteamos esto que cuento, lo cual para mí fue un descubrimiento inesperado, que deseo compartir con quienes leéis estas palabras. Mis consideraciones, y espero que os resulten sugerentes estas notas tomadas a vuela pluma por las calles de Roma.

Crónicas romanas I: Luces

Crónicas romanas II: Sombras

Crónicas romanas III: El idioma

Crónicas romanas IV: Belleza italiana

Crónicas romanas V: El ser de los italiano

Crónica romana III. El idioma

Si hay algo bello en Roma es la manera de hablar de los italianos, su manera de gesticular el rostro, de mover las manos, como si formara parte de su idioma. Esa musicalidad hace de salsa y de trasfondo en el paisaje urbano.

Es una forma especial de comunicarse, tanto que al emigrar los italianos a América, en especial a Argentina, los españoles dimos nuestro idioma, ellos la musicalidad. Como dijo Juan Luis Borges “ «el argentino es un italiano que habla español”.

Incluso en el tango, la canción-baile que puede tener origen en danzas y música africana, es una mezcla de expresiones, pero la aportación que hacen los italianos hizo que sea como hoy lo concebimos. Su visión dramática, la manera de cantarlo y su baile hierático y elegante, en en que los cuerpos que danzan en pareja se comunican sentimiento da la identidad pasional que se escucha y baila. Los grandes de este canto profundo son muchos de origen italiano. Incluso mujeres, como Iris Marga.

Una característica es que la lengua italiana nace de una percepción estética de la realidad, cuando en otros idiomas suele ser moral, descriptiva como objeto o valoración. En Italia se dice “bel tempo” y no “buen tiempo”. Se suele oír “é bellissimo” allende otras expresiones. Algo que se ha estudiado y reparado sobre este sentido de un habla que siempre es renacentista.

Los italianos se comunican con los gestos, parece ser que como fueron tantos estados con dialectos del latín diferentes, para hacerse entender gesticulaban. Mueven las manos de manera muy expresiva. De hecho los “meme”, tan del mundo de las redes sociales, surgieron de este hecho comunicativo convertido en imagen. Verlos hablar es ver en cierta manera una obra de arte. Me encantó escuchar su habla. A veces parece que discuten, cuando simplemente se expresan. “Cosa vuoi”, ¿qué quiere?, te dicen y parece que te están retando o que te increpan, pero no no, se están mostrando amables, amabilidad que expresan con los rasgos de la cara en movimiento y una medio sonrisa, que a veces parece irónica, pero no lo es, sino que forma parte de su idioma.

Sobre la experiencia que tuve espero que alguien dedicado al estudio de la música la recoja para sus reflexiones e investigación del habla general y en concreto de la lingua italiana. He comprendido que la musicalidad forma parte de todo idioma, pero de manera esencial y muy en particular en el italiano. Al principio de preguntar por alguna calle pensé que me tomaban el pelo o que despreciaban mi chapurrear italiani, pero no, fue una constante. “Vía Ana Mari, per favore”. La respuesta fue “non capisco” y ponían cara de no saber. “Por favore, la via Equi”. O la calle Fretelli Poggino (pollino). Nada. Por más claro que lo dijera no entendieron mis palabras. Sin embargo les enseñaba en un plano el nombre de la calle y ellos decían exactamente lo mismo que yo había dicho, ¡igualito!: “Ah, si” (Ah, sí) me quedaba mirando a mi interlocutor o mujer que me atendiera. Dijo exactamente lo mismo que dije yo, ¡igual!, sólo que con otro tono o musicalidad al pronunciarlo. Y entonces señalaban por donde ir. No entienden sin la musicalidad de la palabra. Quanto interessante.

Me quedé con la copla, y observo que la manera de hablar, la dicción de las palabras en todo idioma son parte de su significado. Su sonoridad según sea forma parte del sentido del lenguaje, pues como dice Ramón Sanchis, Raysan, “las palabras son música”.

Crónica romana I. Luces

Crónica romana II. Sombras

Crónica romana II. Sombras

¡Ay!, las sombras de Roma. Tal vez esta ciudad sea en sí una sombra y nada más. La sombra de lo que fue. Pero no. Es así. Su presente es la sombra no sombría. Leí un cartel en una tienda de ropa que dice: “A Roma no se la discute, se la ama”. Tiene esto mucho de cierto, pero por algo que nos atrae y atrapa, lo cual veremos en sucesivas crónicas. Es invisible, pero despierta la intuición cuando cierras los ojos para ver lo que no está a la vista. Roma es su literatura no escrita. Ten paciencia, querida, querido, lector, lectora.

Sorprende y llaman la atención cosas que parecen increíbles, pero sobre todo sus contrapuntos, como si se quisiera fabricar la paradoja, de la misma manera que las motos, los pasteles y demás. Quizá la contradicción sea el alma de los pueblos. Lo veremos.

Lo primero que me llamó la atención fue la velocidad con la que circulan coches y motos, ¡muchas! Pero al andar por Roma comprobé que los vehículos no respetan los pasos de peatones, de pedonis, ni los semáforos. Hay que salir a la calzada y cruzar a las bravas. No tocan el claxon, ni dicen nada, simplemente van a su bola y muy, muy deprisa. Yo con la mano hacia señales de que parasen y si venían lejos que disminuyera la velocidad. Porque cuando pasaba, por un paso de peatones o ante un semáforo de inmediato salían los coches, que casi me rozaban la espalda. Parece que lo hicieran porque creen que es algo típico. No son los conductores irrespetuosos. Sucede sin sentido. O éste sea algo oculto y sea algo que hay que desentrañar.

Cierto que nadie cruza fuera de los pasos de peatones. Ya contaré en otra crónica lo que pasó una vez que me harté. De momento decir que, parado en medio de uno de los pasos de cebra, un polizia me dijo, tras explicarle la situación: “Questa è l’Italia”. “¡Vale!”, respondí, “y esto un paso de pe-a-to-nes”. Un conductor me requirió: “Andiamo signore, stiamo in piedi”. Pase, estamos parados. Curiosamente no vi ni una discusión de tráfico, ni accidentes. Algo, para mí, inexplicable, por muy atentos que vayan conductoras y conductores, de coches y de motos, éstas parecen hormigas metálicas y urbanas.

Me sorprendió ver tantos pobres por las calles, y personas a las que se ve en mal estado de salud mental. Durmiendo en las aceras, a los pies de las fachadas de lujosas iglesias. Vi un chaval tumbado que parecía muerto o estaba drogado. Esperé un rato para ver pasar a un coche de polizia, y nada. La gente pasaba sin hacer caso. Cerca de la estación un grupo de voluntarios de Cáritas repartía comida y bebida caliente. A dos pasos pobres y pobres ante tiendas de moda, de arte, de alimentos.

Delante de las iglesias, de la estación y de zonas monumentales hay militares con fusiles en mano que impresiona. Sin embargo no parece que vigilen demasiado, pues no paran de hablar entre ellos, y hablan y hablan. Atienden los requerimientos de los viandantes amablemente. Pienso que habrá polizia secreta, porque el caso es que han atentado en todos los países de Europa, menos en Italia. Una vez hice un gesto a un señor, sonriendo ante tres militares que no paraban de parlare. Me sonrió y dijo: “Amico, la mafia lavora. Non è così male”. ¡Ah!, exclamé.

Hay no pocos tramos de calles sin iluminar, porque se han estropeado las farolas y no las arreglan. Todo lo explican con “Questa é Italia”. Y puede que sea cierto. Tampoco hay bancos para sentarse, o muy pocos en las calles. Con lo que hay que andar en Roma se echan de menos. Tampoco papeleras, lo que podría explicar que las calles estén sucias, llenas de papeles, colillas, botellas de plástico. Las pocas que hay siempre están repletas, a rebosar, durante días, sin que nadie las vacíe. Suelen ser bolsas de plástico trasparentes, sin más. En el aeropuerto de Madrid me fijé que también, pero dentro de un cubículo trasparente. Parece ser que por motivos de seguridad. Pero la sensación en Roma es de cutre. También basura sin recoger en las aceras, montones enormes. ¡Una ciudad monumental!, llena de turistas. Algo inaudito. Da sensación de ser una ciudad decadente. Y, sin embargo, forma parte de su grandeza. es muy curioso.

Por otra parte hacen unas políticas de reciclaje muy buenas, en el metro recogen botellas de plásticos y dan gratis un billete a quien lo haga. Las fachadas están muy abandonadas, muchas aceras son de asfalto, pero sin cuidar ni reparar. Las calzadas tienen baches, muchas echas con pequeños bloques de piedra que llaman “petrinos”, “pedritos”, por eso de que “Pedro eres piedra…”. Pues sobre muchas de ellas está construida la Roma de hoy, en donde el nombre de las cosas es tanto o más que a lo que nombra. Es parte de su grandiosidad.

Es curioso ver la fachada de una iglesia estropeada, de ladrillo sin más, la acera colindante con tramos en que están saltadas las baldosas, irregularidades, sucio el entorno, pero se entra en el templo y ¡un lujo! que pasma, llena de arte, columnas de mármol, murales pintados en las paredes y techos, esculturas, cuadros, pedazos de historia de la ciudad y arte por doquier, en cada milímetro. Llama la atención.

Las máquinas expendedoras del metro para sacar los billetes, no son caros, no funcionan muchas veces, por eso hay muchas pero colas largas en dos o tres. Y si se tragan las monedas o billetes, los trabajadores se desentienden, es cosa de la empresa… ¡Vete a llamar! Te quedas sin el dinero. Es algo asumido. En España sucede lo mismo, pero funcionan y si alguna se estropea se arregla en seguida. En Italia parece que el que no funcione sea made in Italia.

Compras unas postales y te venden sellos que luego no sirven para enviar en la central de correos. Es una empresa privada, que tiene sus propios buzones, pero ¿cuáles son? Ante la incertidumbre, los chinos de las tiendas chinas, dicen que da lo mismo, que si no son del buzón rojo las echan luego al amarillo. Y se ríen. Las personas italianas no saben donde están los buzones, por más que preguntes, “non lo so”. Son amables, pero se equivocan mucho al responder dónde está una calle o plaza. Por cierto nada está señalizado. Parece que dicen, pasea y encuentra los lugares, no vayas a ellos. Para eso están los guías que convierten esta ciudad-museo en una colección de postales.

Roma es para ser andada, pero cansa. Menos mal que abundan las fuentes. También italianas e italianos que vuelven sobre sus pasos al darse cuenta de que se han equivocado con la información dada, “mi scusi”. A veces saca de quicio, pero claro, para eso está el gps. Yo prefiero chiedere, preguntar.

Del Vaticano, que forma parte de la enormidad y de lo profundo si se atiende a las piedras monumentales, me desencantó que de manera permanente queden puestas las sillas y las pantallas y el altar en la plaza de san Pedro. Pierde solemnidad y se hace algo utilitario. Rompe su vistosidad. En el medio de la misma está un monolito que llevaron hace dos mil años junto a otros doce. El que vemos en el centro del Vaticano lo colocaron en un circo romano, donde torturaron y mataron al apóstol Pedro, luego san Pedro. Se conoce ese monumento de Egipto como “testigo mudo”. Tanta historia para ser vista permanentemente como si de un cine se tratara. Y es curioso, muy de iglesia, placas de piedra con el nombre de mártires católicos del fascismo nazi y de Mussolini y también del comunismo.

Y para descansar el último día fuimos a Ostia, a la playa y luego a ver la antigua ciudad en ruinas. Resulta que para entrar en las playas había que pagar, son privadas. Tuvimos que andar mucho para encontrar un espacio pequeño donde tomar el sol y mojar los pies, andar por la orilla. Varias personas a las que pregunté, sobre cómo llegar a un espacio de baño público, dijeron que es algo que no les gusta de Roma, que hace años concedieron un lugar de la costa a los negocios de hostelería para que cuidasen algunas playas y se hicieron con todo y a perpetuidad. La gente paga, paghi e il gioco è fatto. Pero insistieron que sólo sucede en Roma, no en el resto de Italia.

En las zonas turísticas de mayor concentración se explota al extranjero y abusa de él, lo que se ve como algo característico. Un helado en isola tiber, la isla del Tiber, dos euros. En una pastelería en la Plaza de España ¡12 euros!, un cucurucho de helado. Te dan dos galletitas sobre la bola, y una pasta, un cucurucho de olea y un camarero elegante que sonríe mientras que lo sirve. Como hay que mantener la prestancia, se paga, porque los españoles no preguntamos el precio antes de comprar algo. Ya veremos en otra crónica por qué. Pero tras pagar pregunté que por qué tan caro: “É stato servitto da un italiano”. Ah. Contado puede esto último parecer una sombra, pero desde dentro es una seña de identidad sin la cual no sería el lugar que es.

Las zonas turísticas son un espectáculo, de edificios, grandiosidad, con gentes de todo tipo, en la que lo que allá se consume forma parte del ambiente de grandeza. Hasta las personas son arte y en determinadas plazas actúan reuniendo a mucho público.

Las sombras de Roma son grandiosas, hasta el punto de no parecer tales, forman parte de la espectacularidad de la urbe romana, una manera de vivir su paisaje urbano, en donde rezuma algo imperceptible que permite sentir las luces y las sombras como parte inseparable de su Historia y su presente, de tal manera que a quienes vamos de fuera nos hacen partícipes sin darnos cuenta. Al final cruzamos las calles sin que nos atropellen.

É l’Italia.

Viajar desde un punto fijo

Antes de empezar a escribir, a partir de notas que he ido tomando, mis “Crónicas romanas”, quisiera ofreceros, mis caros lectores, una idea y experiencia de viajar. Hay varias maneras de hacerlo cuando se va a una ciudad lejana o a un poblado y sus alrededores. O cuando viajamos a la ciudad donde vivimos.

Una puede ser hacer el recorrido turístico viendo los monumentos, otra pasear y coger el tranvía y autobuses varios para tener una idea panorámica de la ciudad, o rutas gastronómicas, de manera que se conozcan diferentes ambientes del lugar. También se pueden sacar fotos o escribir sobre lo vivido. Otra es formar parte del paisaje urbano yendo y viniendo. O pasear por senderos rurales.

Asomemos nuestra mirada a lo que imaginamos.
Mural en el metro de Roma, estación “San Giovani”.

La manera que he descubierto que es fantástica para meterse en una localidad es situarme en un punto fijo, da lo mismo cual sea, pero si es concurrido mejor. Sentado en un banco, o en la base superior de un pequeño muro si lo hubiere. Cuando me instalo en un lugar de alguna ciudad, incluida en la que vivo cotidianamente, observo como pasa la gente a lo largo de las diferentes horas del día y de la noche. Puedo estar tres o cuatro jornadas plenas, las veinticuatro horas.

De esta manera es como mejor se conoce un lugar. Un punto de vista fijo, sin moverme del sitio, dejando que pasen días laborables, festivos, días de lluvia o soleados, de viento o de cambio climático. Observo a los peatones, a los vehículos que pasan. Las diferentes generaciones que pululan por las aceras y los rostros y maneras de andar ¡tan diferentes!

Es dejar que el mundanal ruido gire en torno a ti y, de esta manera, la mirada se desvanece, se diluye y la vida baila en torno a uno mismo. Se consigue que los paisajes humanos viajen al interior de quien mira y admira lo que ve.

Movimiento de emancipación de la poesía.
Pintada en una calle de Florencia.

Escuchar conversaciones, aunque sean en otro idioma, fijarse en los besos de las parejas, en la manos asidas, en las prisas, en las zozobras de los borrachos, en quienes mendigan, en aquellos que se van colocando el nudo de la corbata, en quien se detiene para responder un mensaje en el móvil, quienes hablan a través de éste, quien hace una pintada en un muro de la otra acera creyendo que nadie le ve, quien hace fotos a los balcones y demás, todo esto y un batiburrillo infinito forman un rompecabezas que exige unir las fichas del universo humano, imaginar lo imaginado y contar lo que no aparece en los libros, en las guías turísticas ni en las gastronómicas. Ni siquiera en las literarias (libelos de viajes.) Dejemos que el mundo pase a nuestro alrededor e inventemos la realidad para descubrir lo real, al fin y al cabo ésta es lo que vemos, sólo que hay muchos ojos en nuestras pupilas. Y quien lo dude que pregunte a Gustavo Adolfo Bécquer.

Cuando contemplamos un monumento, ¿no forma parte de él quienes lo diseñaron, quienes lo hicieron, quienes se quejaron, a aquellos a los que se dedica, quienes aguantaron el polvo de su hacer?

Dicho esto comenzaré en breve a difundir las ya famosas y esperadas crónicas romanas. Cuento con tu paciencia lectora y complicidad. Fui a ver a mi hija pequeña a Roma, donde estudia Música y patrimonio histórico con eso del “Erasmus”. La vi rodeada de Historia y de historias, de gentes, de vida, de monumentos y…

¡Ave!, lector. Quien va a escribir sobre lo visible y lo que nos e ve te saluda.

Salud al que lee.