Crónica romana III. El idioma

Si hay algo bello en Roma es la manera de hablar de los italianos, su manera de gesticular el rostro, de mover las manos, como si formara parte de su idioma. Esa musicalidad hace de salsa y de trasfondo en el paisaje urbano.

Es una forma especial de comunicarse, tanto que al emigrar los italianos a América, en especial a Argentina, los españoles dimos nuestro idioma, ellos la musicalidad. Como dijo Juan Luis Borges “ «el argentino es un italiano que habla español”.

Incluso en el tango, la canción-baile que puede tener origen en danzas y música africana, es una mezcla de expresiones, pero la aportación que hacen los italianos hizo que sea como hoy lo concebimos. Su visión dramática, la manera de cantarlo y su baile hierático y elegante, en en que los cuerpos que danzan en pareja se comunican sentimiento da la identidad pasional que se escucha y baila. Los grandes de este canto profundo son muchos de origen italiano. Incluso mujeres, como Iris Marga.

Una característica es que la lengua italiana nace de una percepción estética de la realidad, cuando en otros idiomas suele ser moral, descriptiva como objeto o valoración. En Italia se dice “bel tempo” y no “buen tiempo”. Se suele oír “é bellissimo” allende otras expresiones. Algo que se ha estudiado y reparado sobre este sentido de un habla que siempre es renacentista.

Los italianos se comunican con los gestos, parece ser que como fueron tantos estados con dialectos del latín diferentes, para hacerse entender gesticulaban. Mueven las manos de manera muy expresiva. De hecho los “meme”, tan del mundo de las redes sociales, surgieron de este hecho comunicativo convertido en imagen. Verlos hablar es ver en cierta manera una obra de arte. Me encantó escuchar su habla. A veces parece que discuten, cuando simplemente se expresan. “Cosa vuoi”, ¿qué quiere?, te dicen y parece que te están retando o que te increpan, pero no no, se están mostrando amables, amabilidad que expresan con los rasgos de la cara en movimiento y una medio sonrisa, que a veces parece irónica, pero no lo es, sino que forma parte de su idioma.

Sobre la experiencia que tuve espero que alguien dedicado al estudio de la música la recoja para sus reflexiones e investigación del habla general y en concreto de la lingua italiana. He comprendido que la musicalidad forma parte de todo idioma, pero de manera esencial y muy en particular en el italiano. Al principio de preguntar por alguna calle pensé que me tomaban el pelo o que despreciaban mi chapurrear italiani, pero no, fue una constante. “Vía Ana Mari, per favore”. La respuesta fue “non capisco” y ponían cara de no saber. “Por favore, la via Equi”. O la calle Fretelli Poggino (pollino). Nada. Por más claro que lo dijera no entendieron mis palabras. Sin embargo les enseñaba en un plano el nombre de la calle y ellos decían exactamente lo mismo que yo había dicho, ¡igualito!: “Ah, si” (Ah, sí) me quedaba mirando a mi interlocutor o mujer que me atendiera. Dijo exactamente lo mismo que dije yo, ¡igual!, sólo que con otro tono o musicalidad al pronunciarlo. Y entonces señalaban por donde ir. No entienden sin la musicalidad de la palabra. Quanto interessante.

Me quedé con la copla, y observo que la manera de hablar, la dicción de las palabras en todo idioma son parte de su significado. Su sonoridad según sea forma parte del sentido del lenguaje, pues como dice Ramón Sanchis, Raysan, “las palabras son música”.

Crónica romana I. Luces

Crónica romana II. Sombras

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Crónicas romanas II. Sombras

¡Ay!, las sombras de Roma. Tal vez esta ciudad sea en sí una sombra y nada más. La sombra de lo que fue. Pero no. Es así. Su presente es la sombra no sombría. Leí un cartel en una tienda de ropa que dice: “A Roma no se la discute, se la ama”. Tiene esto mucho de cierto, pero por algo que nos atrae y atrapa, lo cual veremos en sucesivas crónicas. Es invisible, pero despierta la intuición cuando cierras los ojos para ver lo que no está a la vista. Roma es su literatura no escrita. Ten paciencia, querida, querido, lector, lectora.

Sorprende y llaman la atención cosas que parecen increíbles, pero sobre todo sus contrapuntos, como si se quisiera fabricar la paradoja, de la misma manera que las motos, los pasteles y demás. Quizá la contradicción sea el alma de los pueblos. Lo veremos.

Lo primero que me llamó la atención fue la velocidad con la que circulan coches y motos, ¡muchas! Pero al andar por Roma comprobé que los vehículos no respetan los pasos de peatones, de pedonis, ni los semáforos. Hay que salir a la calzada y cruzar a las bravas. No tocan el claxon, ni dicen nada, simplemente van a su bola y muy, muy deprisa. Yo con la mano hacia señales de que parasen y si venían lejos que disminuyera la velocidad. Porque cuando pasaba, por un paso de peatones o ante un semáforo de inmediato salían los coches, que casi me rozaban la espalda. Parece que lo hicieran porque creen que es algo típico. No son los conductores irrespetuosos. Sucede sin sentido. O éste sea algo oculto y sea algo que hay que desentrañar.

Cierto que nadie cruza fuera de los pasos de peatones. Ya contaré en otra crónica lo que pasó una vez que me harté. De momento decir que, parado en medio de uno de los pasos de cebra, un polizia me dijo, tras explicarle la situación: “Questa è l’Italia”. “¡Vale!”, respondí, “y esto un paso de pe-a-to-nes”. Un conductor me requirió: “Andiamo signore, stiamo in piedi”. Pase, estamos parados. Curiosamente no vi ni una discusión de tráfico, ni accidentes. Algo, para mí, inexplicable, por muy atentos que vayan conductoras y conductores, de coches y de motos, éstas parecen hormigas metálicas y urbanas.

Me sorprendió ver tantos pobres por las calles, y personas a las que se ve en mal estado de salud mental. Durmiendo en las aceras, a los pies de las fachadas de lujosas iglesias. Vi un chaval tumbado que parecía muerto o estaba drogado. Esperé un rato para ver pasar a un coche de polizia, y nada. La gente pasaba sin hacer caso. Cerca de la estación un grupo de voluntarios de Cáritas repartía comida y bebida caliente. A dos pasos pobres y pobres ante tiendas de moda, de arte, de alimentos.

Delante de las iglesias, de la estación y de zonas monumentales hay militares con fusiles en mano que impresiona. Sin embargo no parece que vigilen demasiado, pues no paran de hablar entre ellos, y hablan y hablan. Atienden los requerimientos de los viandantes amablemente. Pienso que habrá polizia secreta, porque el caso es que han atentado en todos los países de Europa, menos en Italia. Una vez hice un gesto a un señor, sonriendo ante tres militares que no paraban de parlare. Me sonrió y dijo: “Amico, la mafia lavora. Non è così male”. ¡Ah!, exclamé.

Hay no pocos tramos de calles sin iluminar, porque se han estropeado las farolas y no las arreglan. Todo lo explican con “Questa é Italia”. Y puede que sea cierto. Tampoco hay bancos para sentarse, o muy pocos en las calles. Con lo que hay que andar en Roma se echan de menos. Tampoco papeleras, lo que podría explicar que las calles estén sucias, llenas de papeles, colillas, botellas de plástico. Las pocas que hay siempre están repletas, a rebosar, durante días, sin que nadie las vacíe. Suelen ser bolsas de plástico trasparentes, sin más. En el aeropuerto de Madrid me fijé que también, pero dentro de un cubículo trasparente. Parece ser que por motivos de seguridad. Pero la sensación en Roma es de cutre. También basura sin recoger en las aceras, montones enormes. ¡Una ciudad monumental!, llena de turistas. Algo inaudito. Da sensación de ser una ciudad decadente. Y, sin embargo, forma parte de su grandeza. es muy curioso.

Por otra parte hacen unas políticas de reciclaje muy buenas, en el metro recogen botellas de plásticos y dan gratis un billete a quien lo haga. Las fachadas están muy abandonadas, muchas aceras son de asfalto, pero sin cuidar ni reparar. Las calzadas tienen baches, muchas echas con pequeños bloques de piedra que llaman “petrinos”, “pedritos”, por eso de que “Pedro eres piedra…”. Pues sobre muchas de ellas está construida la Roma de hoy, en donde el nombre de las cosas es tanto o más que a lo que nombra. Es parte de su grandiosidad.

Es curioso ver la fachada de una iglesia estropeada, de ladrillo sin más, la acera colindante con tramos en que están saltadas las baldosas, irregularidades, sucio el entorno, pero se entra en el templo y ¡un lujo! que pasma, llena de arte, columnas de mármol, murales pintados en las paredes y techos, esculturas, cuadros, pedazos de historia de la ciudad y arte por doquier, en cada milímetro. Llama la atención.

Las máquinas expendedoras del metro para sacar los billetes, no son caros, no funcionan muchas veces, por eso hay muchas pero colas largas en dos o tres. Y si se tragan las monedas o billetes, los trabajadores se desentienden, es cosa de la empresa… ¡Vete a llamar! Te quedas sin el dinero. Es algo asumido. En España sucede lo mismo, pero funcionan y si alguna se estropea se arregla en seguida. En Italia parece que el que no funcione sea made in Italia.

Compras unas postales y te venden sellos que luego no sirven para enviar en la central de correos. Es una empresa privada, que tiene sus propios buzones, pero ¿cuáles son? Ante la incertidumbre, los chinos de las tiendas chinas, dicen que da lo mismo, que si no son del buzón rojo las echan luego al amarillo. Y se ríen. Las personas italianas no saben donde están los buzones, por más que preguntes, “non lo so”. Son amables, pero se equivocan mucho al responder dónde está una calle o plaza. Por cierto nada está señalizado. Parece que dicen, pasea y encuentra los lugares, no vayas a ellos. Para eso están los guías que convierten esta ciudad-museo en una colección de postales.

Roma es para ser andada, pero cansa. Menos mal que abundan las fuentes. También italianas e italianos que vuelven sobre sus pasos al darse cuenta de que se han equivocado con la información dada, “mi scusi”. A veces saca de quicio, pero claro, para eso está el gps. Yo prefiero chiedere, preguntar.

Del Vaticano, que forma parte de la enormidad y de lo profundo si se atiende a las piedras monumentales, me desencantó que de manera permanente queden puestas las sillas y las pantallas y el altar en la plaza de san Pedro. Pierde solemnidad y se hace algo utilitario. Rompe su vistosidad. En el medio de la misma está un monolito que llevaron hace dos mil años junto a otros doce. El que vemos en el centro del Vaticano lo colocaron en un circo romano, donde torturaron y mataron al apóstol Pedro, luego san Pedro. Se conoce ese monumento de Egipto como “testigo mudo”. Tanta historia para ser vista permanentemente como si de un cine se tratara. Y es curioso, muy de iglesia, placas de piedra con el nombre de mártires católicos del fascismo nazi y de Mussolini y también del comunismo.

Y para descansar el último día fuimos a Ostia, a la playa y luego a ver la antigua ciudad en ruinas. Resulta que para entrar en las playas había que pagar, son privadas. Tuvimos que andar mucho para encontrar un espacio pequeño donde tomar el sol y mojar los pies, andar por la orilla. Varias personas a las que pregunté, sobre cómo llegar a un espacio de baño público, dijeron que es algo que no les gusta de Roma, que hace años concedieron un lugar de la costa a los negocios de hostelería para que cuidasen algunas playas y se hicieron con todo y a perpetuidad. La gente paga, paghi e il gioco è fatto. Pero insistieron que sólo sucede en Roma, no en el resto de Italia.

En las zonas turísticas de mayor concentración se explota al extranjero y abusa de él, lo que se ve como algo característico. Un helado en isola tiber, la isla del Tiber, dos euros. En una pastelería en la Plaza de España ¡12 euros!, un cucurucho de helado. Te dan dos galletitas sobre la bola, y una pasta, un cucurucho de olea y un camarero elegante que sonríe mientras que lo sirve. Como hay que mantener la prestancia, se paga, porque los españoles no preguntamos el precio antes de comprar algo. Ya veremos en otra crónica por qué. Pero tras pagar pregunté que por qué tan caro: “É stato servitto da un italiano”. Ah. Contado puede esto último parecer una sombra, pero desde dentro es una seña de identidad sin la cual no sería el lugar que es.

Las zonas turísticas son un espectáculo, de edificios, grandiosidad, con gentes de todo tipo, en la que lo que allá se consume forma parte del ambiente de grandeza. Hasta las personas son arte y en determinadas plazas actúan reuniendo a mucho público.

Las sombras de Roma son grandiosas, hasta el punto de no parecer tales, forman parte de la espectacularidad de la urbe romana, una manera de vivir su paisaje urbano, en donde rezuma algo imperceptible que permite sentir las luces y las sombras como parte inseparable de su Historia y su presente, de tal manera que a quienes vamos de fuera nos hacen partícipes sin darnos cuenta. Al final cruzamos las calles sin que nos atropellen.

É l’Italia.

Viajar desde un punto fijo

Antes de empezar a escribir, a partir de notas que he ido tomando, mis “Crónicas romanas”, quisiera ofreceros, mis caros lectores, una idea y experiencia de viajar. Hay varias maneras de hacerlo cuando se va a una ciudad lejana o a un poblado y sus alrededores. O cuando viajamos a la ciudad donde vivimos.

Una puede ser hacer el recorrido turístico viendo los monumentos, otra pasear y coger el tranvía y autobuses varios para tener una idea panorámica de la ciudad, o rutas gastronómicas, de manera que se conozcan diferentes ambientes del lugar. También se pueden sacar fotos o escribir sobre lo vivido. Otra es formar parte del paisaje urbano yendo y viniendo. O pasear por senderos rurales.

Asomemos nuestra mirada a lo que imaginamos.
Mural en el metro de Roma, estación “San Giovani”.

La manera que he descubierto que es fantástica para meterse en una localidad es situarme en un punto fijo, da lo mismo cual sea, pero si es concurrido mejor. Sentado en un banco, o en la base superior de un pequeño muro si lo hubiere. Cuando me instalo en un lugar de alguna ciudad, incluida en la que vivo cotidianamente, observo como pasa la gente a lo largo de las diferentes horas del día y de la noche. Puedo estar tres o cuatro jornadas plenas, las veinticuatro horas.

De esta manera es como mejor se conoce un lugar. Un punto de vista fijo, sin moverme del sitio, dejando que pasen días laborables, festivos, días de lluvia o soleados, de viento o de cambio climático. Observo a los peatones, a los vehículos que pasan. Las diferentes generaciones que pululan por las aceras y los rostros y maneras de andar ¡tan diferentes!

Es dejar que el mundanal ruido gire en torno a ti y, de esta manera, la mirada se desvanece, se diluye y la vida baila en torno a uno mismo. Se consigue que los paisajes humanos viajen al interior de quien mira y admira lo que ve.

Movimiento de emancipación de la poesía.
Pintada en una calle de Florencia.

Escuchar conversaciones, aunque sean en otro idioma, fijarse en los besos de las parejas, en la manos asidas, en las prisas, en las zozobras de los borrachos, en quienes mendigan, en aquellos que se van colocando el nudo de la corbata, en quien se detiene para responder un mensaje en el móvil, quienes hablan a través de éste, quien hace una pintada en un muro de la otra acera creyendo que nadie le ve, quien hace fotos a los balcones y demás, todo esto y un batiburrillo infinito forman un rompecabezas que exige unir las fichas del universo humano, imaginar lo imaginado y contar lo que no aparece en los libros, en las guías turísticas ni en las gastronómicas. Ni siquiera en las literarias (libelos de viajes.) Dejemos que el mundo pase a nuestro alrededor e inventemos la realidad para descubrir lo real, al fin y al cabo ésta es lo que vemos, sólo que hay muchos ojos en nuestras pupilas. Y quien lo dude que pregunte a Gustavo Adolfo Bécquer.

Cuando contemplamos un monumento, ¿no forma parte de él quienes lo diseñaron, quienes lo hicieron, quienes se quejaron, a aquellos a los que se dedica, quienes aguantaron el polvo de su hacer?

Dicho esto comenzaré en breve a difundir las ya famosas y esperadas crónicas romanas. Cuento con tu paciencia lectora y complicidad. Fui a ver a mi hija pequeña a Roma, donde estudia Música y patrimonio histórico con eso del “Erasmus”. La vi rodeada de Historia y de historias, de gentes, de vida, de monumentos y…

¡Ave!, lector. Quien va a escribir sobre lo visible y lo que nos e ve te saluda.

Salud al que lee.